Amores que matan
¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor? —dijo Mel—. Creo que en el amor no somos más que principiantes.
Raymond Carver, «De qué hablamos cuando hablamos de amor».
«De qué hablamos cuando hablamos de amor» es el título de un magnífico relato de Raymond Carver, en el que dos parejas conversan como al descuido, mientras beben ginebra, sobre qué cosa es el amor. En medio de los recuerdos de relaciones pasadas, de las que aún quedan algunas astillas, el amor se hace presente a través de las palabras y también en el intercambio de miradas cómplices y de algunos mimos. Por estos detalles y por como se distribuye la palabra, queda claro que hay discrepancias, que ellos no vivencian el amor de la misma manera. Nicky y Laura continúan en estado de idilio después de un año y medio: se aman, se gustan, disfrutan al estar juntos, se besan con «fruición» y «vehemencia». Mel y Terri, después de cinco años, dejan traslucir que la relación ha entrado ya en el cauce de cierta rutina y exhiben, incluso, pequeños pero significativos gestos de intolerancia y antagonismo.
Carver centra la carga de la reflexión, le da el cetro del poder argumentativo a Mel, contrafigura del narrador. Mel es cardiólogo y se interna a diario en el órgano que representa y ha representado el lugar simbólico al que se le asignan las idas y venidas, las luchas y tensiones del amor. Mel hurga en los corazones, los repara como un mecánico, pero no logra satisfacer sus dudas. Su preocupación sobre el amor es constante, se abre una y otra vez como una herida que no cicatriza, a pesar de que se muestra convencido de que «el verdadero amor no es otra cosa que el amor espiritual».
¿Qué busca Mel cuando pone al desnudo los corazones de los otros, imposibilitado de adentrarse en el suyo? El relato solo responde que Mel no asocia amor con dolor, tal vez porque la anestesia salva al paciente del padecimiento. Podríamos formularle al personaje una pregunta retórica, porque tal vez Carver silencia, deja entrever que ese es el núcleo de su incertidumbre y curiosidad vital: ¿qué anestesia ponen a resguardo de los dolores que sienten los corazones enamorados? ¿Qué cirujano puede reparar un corazón herido por el dios del amor?
Otras tres historias amorosas se deslizan en este relato de Carver: la más interpelada es la de Terri con Ed., su anterior marido. Historia de una devoción brutal, porque Ed. maltrataba a su mujer en nombre del amor. «Te quiero, te quiero zorra», le decía apasionado mientras la tomaba por los tobillos y la arrastraba por toda la sala, haciendo que su cabeza chocara con los diversos objetos que se interponían a su paso. Si bien Mel reitera una y otra vez su idea de que eso no es amor, de que hay que buscar otra palabra para denominar este tipo de relación, Terri –la amada víctima, reconciliada con su pasado tormentoso– acepta que hay distintas maneras de amar y de expresar el amor.
Y Mel instala, sin formularlas, otras preguntas: ¿cómo pasamos del amor al odio? ¿Por qué, si él amó profundamente a su primera mujer, después reza para que vuelva a casarse o para que le caiga encima «un maldito enjambre de abejas» que la consuma poro a poro? Y como lectora conjeturo: si el cuento de Carver diera un salto en el tiempo y pasaran unos cuantos años más, ¿qué final desearía entonces Mel para Terri, la mujer a la que ahora ama y a la cual cela? ¿Cuántos insectos soltaría sobre su cuerpo o de qué se disfrazaría para espantarla de su propio corazón?
El relato se cierra con una quinta historia, la de dos viejos que tras un accidente luchan por vivir para continuar juntos. Este anciano, para quien su mujer es todo, sufre porque no puede ver a su amada esposa. Como el mito de Psique y Eros, tras la pasión inicial, se impone con el tiempo la necesidad de mirar, de conocer, de tomar contacto con el ser real, ya no ideal ni divino, al que se ha ofrendado el corazón.
Cinco historias diferentes, cinco modos de amar bien enfrentados. Y como se trata de un relato y no de una novela, Carver debe ponerle rápidamente un punto final a esta conversación, lo que me lleva a pensar que estos amores son solo un muestreo tentativo de los muchos que podrían haberse narrado. El título y el cuento en sí resultan una provocación, un acicate para pensar y discutir si existe acaso la posibilidad de definir de manera uniforme, absoluta, qué es ese término del cual todos opinamos y creemos saber. ¿Quién no se siente con facultad para hablar sobre el amor únicamente por el hecho de haber amado?
Podríamos especular, entonces, que Carver, lejos de dar una respuesta a su pregunta inicial, está dispuesto a sostener el enigma para defender una hipótesis cercana a la siguiente: el amor se manifiesta de tantas maneras que la pretensión de definirlo es irrisoria, porque sabemos poco del amor y porque, aunque nos dediquemos a abrir todos los corazones de los enamorados del mundo, no hay un modo racional, consciente, de responder los interrogantes frente a los cuales nos sitúa. Goethe nos dice a través de Werther, el protagonista de la gran novela romántica: «Lo que yo sé, cualquiera lo puede saber; pero mi corazón lo tengo yo solo».
Entre los actos de amor y las palabras de amor puede no haber coincidencia, sincronicidad, sino visibles contrasentidos. Los enamorados a veces pronuncian: «Te salvo en nombre de mi amor» y también: «Te mato en nombre del amor». Hay besos y caricias mientras se dice: «Te amo», pero también puede haber devastación, violencia, mientras se susurran al oído reconocibles expresiones amorosas. Las palabras de amor son siempre las mismas; los actos que acompañan a las palabras, por el contrario, no.
Se puede, además, leer este texto como una posible parodia del repertorio que la literatura ha fijado, con pocas variantes, a lo largo de los siglos. Los seres humanos no han amado siempre de la misma manera. El amor es una forma de comunicación, un sentimiento que ayuda a construir el imaginario social de cada época y, al mismo tiempo, es también el nombre de una masa discursiva histórica e historizable. Sin embargo, la literatura, gran cristalizadora de muchas de las imágenes sobre el amor que intercambiamos como monedas vivientes, nos muestra, en general, que no hay prácticamente escritura de los amores felices ni duraderos, sí mucha ficción y poesía sobre los imposibles y esquivos, alrededor de los amores contrariados. Desde la época medieval, y tal como ya lo ha señalado Denis de Rougemont en su extenso ensayo El amor y Occidente, la fórmula del amor cortés, haciendo uso de la concepción neoplatónica del amor, ha afirmado que amar es sufrir y que estamos frente a un sentimiento elevado al que hay que alcanzar superando pruebas especiales y con mucho trabajo.
La idea de que amar es morir o matar, de que el amor tiene todos los síntomas de una enfermedad y que hiere hasta la misma piel recuerda la conocida imagen del mito de Cupido, que arroja al candidato una precisa flecha. Late detrás de este antiguo y popular mito la percepción de que si no nos hieren no amamos, de que estamos excluidos del amor si el padecimiento no lo acompaña desde su advenimiento. El amor, por eso, nace de un daño que es primero físico y luego espiritual. Te hiero para que te enamores, dice en acto Cupido. Herirás cuando ames es la consigna de la serie trazada por la mitología. El amor que hace estragos a la par que da otro sentido a nuestras vidas. El amor se vive en presente, se narra en pasado y marca el corte entre un antes y un después.
Lejos de la imagen redentora del amor que ofrecen los discursos religiosos; mucho más lejos aún de la mirada armonizadora, pacificadora que nos obsequian hoy los libros de autoayuda y las guías de espiritualidad al mejor estilo new age, el amor que muestra la literatura, el amor central que se discute en el relato de Carver, es un amor intemperante, voraz, un amor que no calma, sino que convulsiona y hace calamidades comparables a los terremotos, las erupciones de los volcanes o las pestes como el cólera.
En el imaginario social, el vínculo entre amor y dolor, amor y enfermedad, amor y muerte está latente y emerge cada tanto. Este costado convive con otras concepciones del amor que circulan aún en la actualidad, en nuestra escena contemporánea: el amor asociado a la brevedad y a la pasión; el amor ideal, ese que vale porque no ha podido realizarse y entonces se convierte en inolvidable; el amor que nos lleva a buscar el bien de la persona amada; el amor que contiene en su seno y nos devuelve a nuestros primeros meses de vida, y ese amor que nos precipita hacia el vacío, que nos lleva a abismarnos en y por el otro, a perdernos hasta el punto de transitar de su mano hacia la muerte.
En relación con estas cuestiones, se me imponen en el recuerdo dos grandes enamorados, dos personajes inolvidables de la literatura: otra vez Werther, y Otelo. Uno es el arrebatado e insensato adorador de Carlota, que descarga la pistola sobre su sien y que inaugura un modo romántico de vivir el amor, la apertura de una serie de desbordados amantes suicidas, vestidos con frac azul y chaleco amarillo. El otro es el amante posesivo y celoso, desconfiado e ingenuo a la vez, que cree la versión maléfica de Yago, el gran malo de la literatura shakespeariana, y que se consume hasta asesinar en el fuego de su pasión a Desdémona, la infeliz esposa, cuya única culpa es ser dueña del pañuelo que la condena.
La literatura ha sostenido la temática de los amores excepcionales, absurdos, no correspondidos, los amores donde hay un tercero que impide o interrumpe la unión dibujando una triangulación fatal. Amores que nacen a destiempo: fuera de tiempo, antes de tiempo, después de tiempo. El tiempo como el tercero en discordia. Novelas y relatos, textos teatrales y largos poemas han cubierto con sucesivos personajes y escenas conflictivas el trayecto que va desde que Cupido pone su mano en el carcaj y luego tensa el arco, hasta el instante efímero en que los amantes se precipitan. Pocas historias muestran amores calmos. Muchos, muchísimos textos se construyen sobre el tormento que produce amar, sobre una libido que busca a su objeto de amor y no lo consigue, lo pierde, se le escapa.
Una muestra muy clara de cómo ha funcionado esto es la novela El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez, que provocó en el momento de su publicación, por lo menos en Argentina, que varios lectores enardecidos se quejaran del modo en que el autor trataba un tema al que estábamos ya acostumbrados tras siglos de literatura amorosa. Molestó que se vinculara la duración del sentimiento con la vejez y que se le impusiera al lector enfrentarse con los estragos del paso de los años, con el erotismo de dos cuerpos impotentes, al borde del deterioro último. El desvío del canon literario frustra el deseo del lector medio a través de una ficción sobre amores imposibles que se realizan en el marco de la ancianidad.
Hagamos memoria: en esta novela se cuentan tres historias de amor. Una es la de un matrimonio común, que aprende a amarse con el correr del tiempo; otra es la de un pacto de amor que lleva a la complicidad del suicidio; y la tercera, la que se impone y da cierre al texto, es la que reformula la tradicional temática del amor cortés, extremada en su última novela, Memoria de mis putas tristes. Durante cientos de páginas, el autor nos entretiene cruzando las tres historias y, cuando se concreta la que es central, la novela acaba. Amar es esperar, nos dice García Márquez entre líneas. Esperen y sufran, que al final les daré solo un instante muy breve de felicidad. Consúmanse en el fuego lento de estos amores, como un brebaje mágico en una gran olla, y cuando obtengan lo que deseaban, arribarán a la última página, cerrarán este libro y deberán sumergirse en otra historia de amor en la que otro autor, tal vez de otro tiempo y de otro país, en otro idioma incluso, les tenderá idéntica trampa.
Nos han dicho desde pequeños que hay que amar al prójimo como a nosotros mismos y podemos admirar o no a hombres y mujeres que han dado su vida por salvar a sus semejantes. Todo en nombre del amor. Amor altruista. Amor universal. Amor fraternal. Amor místico. Amor como un absoluto. Pero quien ha experimentado el amor de pareja, quien ha transitado por esta experiencia inenarrable conoce que no se trata de un universo pitagórico, de armonía interplanetaria y celestial. Estoy diciendo que cada amante es, a la manera borgiana, un aleph, un microcosmos del mundo en el que se debaten las fuerzas más extrañas y contrarias: se ama y se protege al amado, pero también se lo hiere. Nos aman y nos desangramos. Amor y odio. Atadura y liberación. Bandera blanca de paz y cañones de guerra. El amor saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos, nuestro costado más luminoso y nuestras zonas más oscuras. Somos al amar un manojo de contradicciones.
En el final del relato de Carver se lee: «Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras». Como Carver, no puedo responder de manera abarcativa, sin excluir muchas de sus manifestaciones, qué es el amor. Solo intento rodearlo con mi pensamiento. Yo también escucho los latidos del corazón y me pierdo en mis múltiples recuerdos, entre los que se funden amantes reales, ideales del amor y miles de trozos literarios leídos desde que era adolescente. Y me siento, sin antídoto, casi con resignación, condenada a sostener que el amor como concepto es escurridizo, un eterno fugitivo, algo cercano al orden de lo secreto. Mejor vivirlo que explicarlo.
Y sin embargo, otra vez me pregunto: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿De cuáles de sus múltiples y diferentes gestualidades, lenguajes y actos? Me atrevo a sostener, en sintonía con Historias de amor de Julia Kristeva, Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes y otros tantos libros sobre el tema, que el amor es, desde el aspecto discursivo, un núcleo de argumentación en el que se representan y proyectan, a la vez, los actos más sublimes y los trances más monstruosos.
