Siete grandes cuentos de terror (antología)
En palabras de Graciela Gliemmo, la compiladora: «En estos siete relatos lo irracional aniquila las creencias de los protagonistas y de los lectores, y el mal —bajo la forma de vampiros, monstruos, brujas y seres escalofriantes— se vuelve un elemento omnipresente. De manera paradójica, el terror hipnotiza mientras el ritual de la lectura revive antiguas historias cuyos personajes se convierten, sin posibilidad de escape, en víctimas de una pesadilla que en algún momento, quiérase o no, se hará realidad».
Esta
antología contiene cuentos de John William Polidori, Edgar Allan Poe, Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, Robert Louis Stevenson, Bram Stoker, Charles Nodier y Howard Phillips Lovecraft.
⁂ ⁂ ⁂
PRÓLOGO: ATRAPADOS EN SUS PESADILLAS
En su ensayo El horror en la literatura, Lovecraft señala que el miedo es la emoción más antigua e intensa que ha experimentado la humanidad y que, dentro de todos los miedos que el ser humano puede sentir, el más viejo y potente es el miedo a lo desconocido.
Si bien entre el relato fantástico y el de terror hay algunas coincidencias —sobre todo, respecto a la ruptura de un orden natural establecido y al ingreso de un plano que está fuera de los causes de lo normal y de la cotidianidad—, los relatos de terror juegan a provocar no el desconcierto del lector acerca del origen de lo acontecido, como ocurre con el género fantástico, sino miedo, escalofríos, pánico. Espanto ante sucesos que la mente humana no logra captar.
Para conmover al lector, en las historias de terror —ya sean literarias o cinematográficas— irrumpen seres monstruosos, vampiros, brujas, hombres lobo, espectros, cadáveres, demonios, zombies. Y los espacios elegidos, los más frecuentes, son inhóspitos, amenazantes. Los preferidos suelen ser las mansiones antiguas, abandonadas, solitarias, llenas de telarañas y pasadizos; también, por supuesto, los cementerios, en los que las tumbas se convierten en cómodas sillas o mesas que facilitan el encuentro y la conversación. El momento del día: la oscuridad, la noche, y si es posible, con luna llena.
La presencia de seres y situaciones monstruosas abundan ya en la literatura del siglo XVIII, pero la novela y el relato de terror se consolidan a través de una producción que funda su canon en el XIX y principios del XX. El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole inaugura el género de la novela gótica, un epígono de la ficción de terror. A esta le siguen El monje (1795) de Mattew Gregory Lewis, Frankenstein (1817) de Mary Shelley y Drácula (1897) de Bran Stoker, tres clásicos indiscutidos. En cuanto al cuento de terror, son Poe y Lovecraft quienes logran crear los relatos más memorables.
Los eventos macabros, los comportamientos y personajes siniestros desfilan y marcan una tendencia a partir de la publicación, en 1794, de Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe. Es la novela gótica la que instala el ingrediente imprescindible del género de terror: el ingreso del mal, de las fuerzas oscuras y malignas que suspenden el orden natural y desafían la inocencia, en especial, de personajes femeninos o varones ingenuos, crédulos. Y si los muertos retornan es para cobrarse cuentas pendientes o para hacer pesar el universo demoníaco, violando las leyes naturales.
El famoso relato «El vampiro», publicado en 1819, nace una noche de 1816, cuando su autor, John William Polidori, y Lord Byron, Percy Shelley y su esposa se proponen escribir historias de fantasmas y de terror. De esa experiencia también surge Frankenstein de Mary Shelley, durante el apogeo de la novela gótica. Polidori carga a su personaje Lord Ruthven de rasgos macabros —«mirada muerta», «color mortal de su rostro»— y le adjudica poderes infernales, fuerzas superiores que vencerán, tras un pacto irreversible, a Aubrey y a su joven y bella hermana. Los elementos característicos del género se dan cita: las tinieblas, las orgías nocturnas, los demonios y vampiros, el bosque tenebroso y los truenos.
«El entierro prematuro» de Edgar Allan Poe y «El usurpador de cadáveres» de Robert Louis Stevenson recrean, cada uno a su manera, el mundo de los muertos. Poe juega con el miedo a ser enterrado vivo y sitúa su historia en el límite impreciso entre el plano inconsciente, onírico, y lo anecdótico. Stevenson, por su parte, permite el ingreso del pánico como consecuencia del conocimiento, que deviene complicidad, de los asesinatos producidos con fines científicos.
E. T. A. Hoffmann logra un cruce interesante en su relato «Vampirismo» al enfocar lo monstruoso desde lo femenino, fundiendo la figura del vampiro con las posibilidades literarias que aporta la tradición de las brujas.
«El invitado de Drácula» de Bram Stoker encierra muchos de los elementos presentes en varias historias de terror: el clima demoníaco, la sensación de escalofrío en el narrador protagonista y en el lector, la escena clave atravesada por un rayo de luna, la noche tormentosa, los elementos inexplicables, las tumbas como trampas disfrazadas de refugios, los muertos vivos, las bestias y los lobos, los ruidos atroces.
En «El espectro de Olivier», Charles Nodier recrea la tradición del pacto de sangre a través de la intervención del fantasma que clama venganza, tal como ocurre en Hamlet de William Shakespeare. La amistad entre Bandouin y Olivier será el eje de todo el relato, que se sustenta en la fidelidad de la palabra empeñada.
«Lo innombrable» de H. P. Lovecraft juega con el elemento autorreferencial a través de la figura de Carter, el escritor de narraciones extrañas, que discute con su amigo Joel Manton acerca de las posibilidades de que exista en la realidad un ser innominable, indescriptible. El lugar donde discurre la conversación no puede ser más terrorífico: ambos están sentados sobre una tumba del siglo XVI. Y es otoño, a la hora de la caída del sol. Lo que se anuncia solo como un tema termina haciendo su aparición y dejando huellas en los cuerpos de ambos, elementos indiscutibles que corroboran finalmente la existencia de fuerzas oscuras, ajenas a la naturaleza humana.
En estos siete relatos lo irracional aniquila las creencias de los protagonistas y de los lectores, y el mal —bajo la forma de vampiros, monstruos, brujas y seres escalofriantes— se vuelve un elemento omnipresente. De manera paradójica, el terror hipnotiza mientras el ritual de la lectura revive antiguas historias cuyos personajes se convierten, sin posibilidad de escape, en víctimas de una pesadilla que en algún momento, quiérase o no, se hará realidad.
Siete grandes cuentos de terror (sel. y pról. Graciela Gliemmo), Buenos Aires, Capital Intelectual, 2008.
⁂ ⁂ ⁂
NOTAS Y RESEÑAS
«Siete grandes cuentos de terror», en BIBLIOKRAUSE, 20 de noviembre de 2019: http://bibliokrause.blogspot.com/2019/11/siete-grandes-cuentos-de-terror.html
