Siete grandes cuentos fantásticos (antología)



Según Graciela Gliemmo, la clave principal de los relatos fantásticos es que se posicionan en la zona de la incertidumbre: ¿ocurrió verdaderamente lo que nos cuentan o la historia es producto de la imaginación o del sueño de quien protagoniza los hechos? El desconcierto es la base de este tipo de narración, que depone toda certeza y proyecta su perplejidad hacia el efecto de lectura. La única certeza que pervivirá, agregamos, será la del extraño placer que brindan estos textos.

Esta antología contiene cuentos de Manuel Gutiérrez  Nájera, Arthur Conan Doyle, Guy des Maupassant, Mark Twain, Emile Zola, Guillaume Apollinaire y Catherine Wells.

 

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PRÓLOGO: MÁS ALLÁ DE LOS LÍMITES DE LO REAL

Julio Cortázar descreía de la división tajante entre la realidad y la fantasía, entre lo posible y lo imposible. Su percepción de lo real lo llevó a repensar esta dudosa dualidad a través de la banda de Moebius, una prueba concreta de que se pueden borrar las fronteras y reducir el dos al uno. Gracias a una simple torción, a un leve desvío en la superficie de una cinta, lo interior deviene exterior y viceversa.

En una entrevista de 1977, Cortázar cuenta que, entrando ya en la adolescencia, leyó El secreto de Wilhelm Storitz de Julio Verne, que antecede varios años a El hombre invisible de H. G. Wells. Debido a esa lectura, descubre, junto con la noción de lo fantástico, que su mirada sobre la realidad no coincide en absoluto con la de la gente que lo rodea. Años después, Cortázar comienza a escribir sus propios relatos fantásticos, en los que algunos espacios urbanos —veredas, pasajes, puentes, esquinas, metro, calles— posibilitarán la irrupción de lo irreal casi sin previo aviso.

La clave principal de los relatos fantásticos es que se posicionan en la zona de la incertidumbre: ¿ocurrió verdaderamente lo que nos cuentan o la historia es producto de la imaginación o del sueño de quien protagoniza los hechos? El desconcierto es la base de este tipo de narración, que depone toda certeza y proyecta su perplejidad hacia el efecto de lectura. Entre la vigilia y lo onírico, el universo de lo fantástico se posiciona en el límite filoso en el que las leyes que rigen lo real tambalean o se colocan entre paréntesis.

Toda la literatura fantástica pone en cuestión este enfrentamiento de criterios e interroga la racionalidad que mueve nuestro mundo, las leyes que lo rigen. En su Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan Todorov, uno de los teorizadores más importantes del género, afirma: «Lo fantástico es la vacilación que experimenta un ser que sólo conoce las leyes naturales, ante un acontecimiento al parecer sobrenatural».

Para que un relato pueda ser definido como fantástico, la duda de si ocurrió o no debe sostenerse a lo largo de la historia y trascender la escena misma de la lectura, obligando al lector a dudar en todo momento. El horizonte de credibilidad del personaje, del narrador y del lector debe verse afectado. La literatura, para mantener su condición de fantástica, no debe ser reducida a una respuesta única. Debe permanecer en una zona intermedia, en la ambigüedad no resuelta.

Si el lector inclina su interpretación hacia la imaginación y apuesta a que todo ha ocurrido en la mente del personaje, estamos en presencia de un relato maravilloso, en el que ocurren sucesos fuera de los márgenes de lo real. Si por el contrario, los sucesos narrados son confusos pero no imposibles, lo extraño se ha hecho presente.

El relato fantástico, entonces, surge del cruce incierto entre el mundo natural y el sobrenatural, y da paso a sucesos que ni la razón ni la lógica pueden resolver. Esta falta de respuesta, de precisión provoca, según Todorov, la «vacilación del lector», quien termina interpretando la historia de la misma manera en que lo hacen los personajes que la protagonizan. Para Todorov el relato fantástico surge en el límite entre dos géneros: lo maravilloso y lo extraño. Y, por otra parte, explicita el interrogante cada vez que el narrador o los personajes intentan dilucidar la naturaleza del fenómeno ocurrido.

Las categorías de espacio y tiempo son fundamentales a la hora de construir un relato fantástico. En «Rip-Rip», de Manuel Gutiérrez Nájera, el protagonista ingresa a otra dimensión temporal al quedarse dormido: su tiempo avanza con un ritmo diferente de aquel que rige los destinos de su familia y de su comunidad. La duplicación del nombre del protagonista se asocia desde un comienzo con la problemática del doble y de la identidad, muy presente en este tipo de narraciones.

«El anillo de Thoth», de Arthur Conan Doyle, abre otro motivo recurrente: el retorno de épocas, personajes y situaciones remotas, que en algún momento se insertan de manera simultánea en el presente. Movido por la intención de crear un verosímil y de sostener la sospecha de si lo que se narra de verdad ocurrió o no, el narrador potencia los elementos científicos y racionales que hacen al mundo del protagonista.

La interrogación de lo real es el eje que estructura el relato «¿Quién sabe?», de Guy de Maupassant, a través de una pregunta que no debe conducir a ninguna respuesta. Nadie —ni el narrador personaje ni el lector— están en condiciones de responder si lo que se cuenta es o no sobrenatural. Lo mismo ocurre con «La desaparición de Honoré Subrac», de Guillaume Apollinaire: ni siquiera la policía logra dilucidar lo que ha pasado. Esto es extensivo a todo el género: ¿quién está capacitado para desentrañar el misterio que encierra un relato fantástico?

«El fantasma» de Catherine Wells, «Una historia de fantasmas» de Mark Twain y «Angéline o la casa encantada» de Émile Zola giran en torno a la presencia de fantasmas que moran en determinadas residencias y que se presentan de manera sorpresiva o recurrente ante quienes las habitan o visitan. La imprecisión sobre la procedencia y la veracidad de estos acontecimientos insondables articulan los resortes internos de estas historias.

Volviendo nuevamente a Todorov, el relato fantástico exhibe que la literatura existe gracias a esta productiva paradoja —la oscilación entre lo posible y lo imposible—, condición que le permite presentar mundos que burlan la dinámica y las expectativas de nuestra realidad de todos los días.

 

Siete grandes cuentos fantásticos (sel. y pról. Graciela Gliemmo), Buenos Aires, Capital Intelectual, 2008.

 

 

 


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