Nadaísmo colombiano: «Somos geniales, locos y peligrosos»

 


 

El nadaísmo colombiano despierta, por el momento en el que irrumpe y por las características de su desarrollo, un conjunto de problemas, de reflexiones que pueden resultar pertinentes para el punto de discusión que hoy nos convoca: qué entendemos por escritores atípicos, qué supone este enfoque o recorte de la literatura latinoamericana, de qué y sobre quiénes resolvemos hablar para hacernos cargo de esta provocación.

El concepto atípico me impulsa a pensar la literatura, y en particular la escritura, desde un espacio de confrontación en el que se establece una disputa, un enfrentamiento —calmo o violento— con el canon y la tradición dentro del sistema literario. Esta sospecha, que de por sí exige historizar, revisar nombres, producciones, movimientos, se impone de un modo intenso al tratarse del nadaísmo colombiano. Aunque el grupo tiene su origen en 1958, fecha del «Primer Manifiesto Nadaísta», y se extiende de modo asombroso hasta 1971, año de las publicaciones de varios textos de cierre, retoma la modalidad de producción teórica, poética y de ingreso al sistema que plantearon como propuesta de corte las vanguardias históricas, casi cuarenta años antes. ¿Cómo se sitúan los nadaístas frente a ese pasado poético y ante el largo presente en el que consiguen sobrevivir?

Cuando el discurso crítico se refiere al nadaísmo colombiano en términos de «anacronismo», «vanguardia tardía», puente o vacío entre lo que fueron las vanguardias y las neovanguardias, está aludiendo a la condición de atipicidad, a partir de la observación de una historia literaria latinoamericana y de la necesidad de establecer filiaciones con lo que fueron las propuestas de los diversos ismos en América Latina.[1]

Por eso, en primer lugar, el pensar la categoría de atípico en relación con los nadaístas convoca la imagen de aquello que se evade, que se escurre de los cánones que tienen lugar al tomar un recorte sincrónico y revisar desde allí las propuestas que se producen. El grupo, que marca una negación de las manifestaciones del presente y un rescate de algo que ya tuvo lugar, se coloca en una posición descentrada, desde el perfil de lo inesperado, más allá del devenir histórico.

El gesto de apropiación del nadaísmo, tanto del surrealismo, del dadaísmo y de las expresiones vanguardistas latinoamericanas, no deja de señalar un vacío dentro del propio sistema colombiano que, salvo el caso de autores y textos aislados, no programáticos, como Suenan timbres de Luis Vidales ( 1923), no tuvo verdaderas propuestas de ruptura en la década del 20. Esto explica por qué, a la hora de componer su antología Las vanguardias literarias en América Latina (Manifiestos, proclamas y otros escritos), Hugo Verani no incluye ninguna figura ni texto representativo de Colombia en relación con las primeras décadas del siglo XX.

El nadaísmo cuenta con un conjunto considerable de manifiestos que enfatizan el rechazo de toda tradición y modelos. A través del conjunto completo de su producción, se pone en escena la ausencia de un plan de escritura, de una poética definida y definitiva, y el llamado a conservar las marcas individuales de creación. Esta posición extrema que se desprende de la ausencia de un programa se manifiesta en una frase de Gonzalo Arango, con la que se clausura en 1971 una larga década de provocaciones: «Ser nadaísta es también negar el Nadaísmo si ya no sirve a los poderes de la vida y el arte».

El nadaísmo se define en relación con lo imprevisible. En el primer manifiesto ya se advierte que a los nadaístas no les interesa construir un nuevo orden, ni siquiera destruir el de su época, sino desacreditarlo. La verbalización que hacen acerca de la falta de un propósito fijo y de estrategias de acción para suplantar lo que ya existe les permite actuar para que nada cambie porque esa es la manera de sostenerse al margen, de no ser asimilables, y de ensayar posiciones y frases que los apoyen en la búsqueda.

Gonzalo Arango declara en el «Primer Manifiesto Nadaísta»: «Al pretender desacreditar los dogmas de todo tipo, no podemos recaer nosotros en un nuevo dogmatismo: en el dogma de la revolución Nadaísta. Queda, pues, abierto el camino de las controversias».[2] El grupo de Cali responde en 1959 al de Medellín, tras una polémica minuciosamente construida: «¿Tiene acaso normas el nadaísmo? ¿Existe alguna retórica nadaísta? ¿Seríamos nadaístas si aceptáramos que ustedes nos ordenaran una manera de escribir?».[3]

A lo largo de trece años de existencia, los textos nadaístas van presentando el problema de cómo proteger la diferencia, cómo seguir siendo «geniales, locos y peligrosos» más allá del slogan y no ser devorados por la sociedad y el sistema. En el «Manifiesto Amotinado», conformado por fragmentos firmados por varios de los representantes del grupo, Eduardo Escobar expresa su preocupación por mantener viva la actitud revulsiva:

Me desconsuela pensar que se han rendido nuestros enemigos, que ya no soy enemigo. Por eso me gustaban más los primeros tiempos del Nadaísmo. Entonces éramos temidos, éramos enemigos. Los viejos sabios de la vieja ola temblaban ante nosotros como si fuéramos la peste, y éramos la peste contra su vieja moral de muertos. ¿Por qué será que ya no somos enemigos? ¿Será que todo tan débil en el país que ya ni reaccionan, ni nos temen? (Manifiestos nadaístas, p. 131)

Y Jaime Jaramillo Escobar aclara: 

Pero a nosotros no tienen que reprocharnos nada, porque no hemos ofrecido cosa alguna distinta a la desesperación y la poesía. Desde el principio avisamos que éramos inútiles, pero que haríamos malabarismos para sobrevivir. (p. 134)

El escándalo como acto público y poético los afirma en su camino hacia la nada. El desprecio y la exclusión de la sociedad los mantiene vivos y es por esta razón que no imponerse, mostrarse como antisociales es el triunfo. Son muy citadas por la crítica algunas anécdotas del nadaísmo como la quema de los libros que hace Gonzalo Arango en la plaza de Medellín, entre los que se cuenta María de Jorge Isaacs, y el discurso que acompaña tal acto, escrito en un rollo de papel higiénico; la propuesta de suplantar la estatua en homenaje a Isaacs por la de Brigitte Bardot; una escena en la iglesia de Medellín en la que arrojan las ostias al suelo.

Aunque replantean la inutilidad del arte, su gratuidad e independencia, muchos de los escritos de Gonzalo Arango, el líder del grupo, son respuestas a situaciones concretas de la realidad nacional y mundial que les toca vivir, como modo de hacerse oír, de ingresar como contestatarios y provocar polémicas. El «Mensaje al Congreso de Escribanos Católicos» surge como respuesta a la convocatoria de la curia de Medellín, que organiza en 1959 un congreso de escritores católicos. El manifiesto, redactado por Arango, es distribuido en la ciudad, hecho que le vale la cárcel y la canonización definitiva. La escritura se instala como disputa y como muestra de disidencia no solo poética sino, fundamentalmente, social y cultural. En el «Primer Manifiesto Nadaísta» Gonzalo Arango sitúa al movimiento más allá del sistema literario, como revolución espiritual de la nación: «El Nadaísmo, en un concepto muy limitado, es una revolución en la forma y el contenido del orden espiritual imperante en Colombia».

El texto «El nadaísmo y las fuerzas desarmadas» es una carta a Carlos Lleras Restrepo como protesta por la expulsión del país de Marta Traba, con la cual el grupo no coincidía a pesar de todo. «Boom contra pum pum» es una adhesión a Fidel Castro, una toma de partido ante el mentado caso Padilla y la afirmación de que las novelas del boom son para matar el tiempo, producto del entramado burgués, y un cuestionamiento frente a la actitud social de algunas figuras literarias, en especial Mario Vargas Llosa. «Toque de queda» y «En estado de sitio» de Gonzalo Arango nacen como respuesta a situaciones políticas precisas de Colombia.[4]

Los manifiestos nadaístas y muchos de los poemas muestran, más que una preocupación por abrir las fronteras a un arte sin fronteras, por la ampliación o la puesta al día de una literatura nacional, una honda inquietud por la realidad y la coyuntura política, la violencia social que padece Colombia después de gobiernos dictatoriales y de la alianza bipartidista a través del Frente Nacional. Aunque no se acuñe el término de patria sino en uno o dos textos, el nadaísmo no trascendió a otros países y su punto de mira no se expandió más allá de Medellín, donde fue publicado el primer manifiesto. Solo halló eco poco después en Cali, con la irrupción y la conducción de Jotamario en esa ciudad.

Gonzalo Arango señala una razón histórica en el surgimiento del nadaísmo. En su texto «Gaitán», de Prosas para leer en la silla eléctrica, afirma:

Las fuerzas históricas son determinantes, son causas «racionales» a las que no puede escapar nuestro destino. Si Gaitán no hubiera muerto, yo no sería hoy Gonzalo Arango. ¿Quién o qué sería? No lo sé. No juego a la nostalgia ni a la profecía. Pero sí tengo la certeza de que si Gaitán viviera, el Nadaísmo nunca habría existido en Colombia. (Obra negra, p. 61)

Arango se refiere al asesinato en 1948 del líder político y poeta Jorge Eliécer Gaitán, a quien llamativamente nombra para referirse a su muerte violenta y no a su participación en el grupo de Los Nuevos, integrado también por León De Greiff, Germán Arciniegas, Gabriel Turbay, Jorge Zalamea y Luis Vidales.

Emergente de una sociedad absolutamente costumbrista, con una fuerte presencia del clero, lejos del rugido de las grandes ciudades, el nadaísmo lucha entre otras cosas por desplazar a Bogotá como centro urbano y cultural, que no solo es, como se sabe, la capital de la república sino, además, el principal núcleo editorial y de producción crítica. El nadaísmo permanece más bien ajeno al sistema de intercambios culturales que fueron un elemento constitutivo de las vanguardias latinoamericanas. Incluso, el lugar central que ocuparon en su momento revistas como Proa, Avance, Amauta, Martín Fierro y Contemporáneos, entre otras, no llega a tener su equivalente en Nadaísmo 70, de la que lograron publicar solo ocho números casi al final del movimiento, cuando todo amenazaba ya con derrumbarse, entre 1970 y 1971, más de una década después de producido el estallido.

Esta preocupación por salir de ciudades más pequeñas y mucho más cerradas que la capital, la inexistencia de un programa estético minucioso, el impulso constante de supervivencia y de improvisación, de respuesta inmediata, fue el cóctel que posibilitó que el nadaísmo pudiera sostener su carácter marginal, al no constituir una nueva tradición sino al mantener la forma del estallido continuo. Arango y sus seguidores imponen un enfoque negativo y destructivo a nivel social, histórico y literario. La respuesta oportuna, que consiste en negarlo todo, aun sin conocer de qué se trata, mantienen en pie al grupo y sus premisas iniciales.

El nadaísmo se mueve entre la interrogación basada en la desconfianza y la negación. Ante las costumbres y verdades de la sociedad y la cultura colombiana, sostienen en un principio el método cartesiano. La duda los conduce, como en Descartes, a una reafirmación de la existencia.

Aun visto como una vanguardia tardía o anacrónica, el grupo plantea a través de sus manifiestos y textos literarios lo que Bürger denominó como el ingreso de la autocrítica al sistema. Para el tema que nos convoca, esto remite al lugar de lo anticanónico a partir de la propia autoconstrucción artística, ya que lo atípico se organiza y se presenta como tal desde la voluntad y la exigencia poética de los propios autores. Para la respuesta nadaísta, este aspecto tiñe la escritura con el modelo de acción y las formas del discurso publicitario: el nadaísmo se vende, se impone, se instaura culturalmente a sí mismo desde lo diferente. Esa es su meta y su razón de ser.

En 1959 Gonzalo Arango planifica una primera polémica dentro del grupo. En los siguientes fragmentos de una carta que le dirige a los nadaístas de Cali puede advertirse cómo provoca y construye cuidadosamente los actos nadaístas:

Al manifiesto nuestro deben contestar algo fundamental, mediten, asuman una posición de conjunto frente a nuestras consideraciones, y si es el caso, deben solidarizarse con nuestra posición. Nosotros esperamos en la prensa su respuesta. Deben enviarla a todos los periódicos y revistas. En todo caso, no se ofendan por esta excomunión que tiene mucho de publicitaria.

Hay que romper a patadas las puertas de la publicidad si ellas están cerradas para ustedes. Que la respuesta sea muy inteligente y muy agresiva, insultante.[5]

Las antologías nadaístas a las que los lectores en general y la crítica especializada tienen acceso son realizadas por los integrantes del grupo. Las selecciones, prólogos, cronologías y demás referencias también corren por su cuenta. Gonzalo Arango es responsable de dos de ellas: Trece poetas nadaístas (1963) y De la nada al nadaísmo (1966). Jotamario selecciona sus Doce nadaístas de los últimos días (1986) y lo que será la antología más completa de la obra del líder, Obra negra (1974). Jaime Jaramillo Escobar es quien elige de Los poemas de la ofensa (1967), su única obra nadaísta, textos que se reeditarán en 1982 en su Extracto de poesía. Eduardo Escobar publica Antología de la poesía nadaísta (1992) y Manifiestos nadaístas (1992). De esa manera, los autores se constituyen en receptores, comentadores y críticos de su producción. La crítica especializada, por otra parte, contribuye a sostener la rareza del grupo al postular la falta de conexión con el pasado, la ausencia de herederos o condenarlos directamente al olvido.

En la suma de textos se da un despliegue semántico en torno al concepto de lo no común o raro, a través de los términos «eclipse», «la alucinación», «lo otro», «las antípodas», «lo extraño», «lo solitario», aquello que está «fuera de la ley», «los perseguidos», «la soledad» y, especialmente, «la contradicción». La contradicción juega como fuerza productora en los actos nadaístas, en la escritura y en el entramado en que se producen los textos. Como recurso discursivo privilegiado, los nadaístas contradicen y no se cuidan de caer en contradicciones, más bien las fomentan y reclaman.

Con una distancia histórica considerable, muestran la versión negativa de lo que en general era la exaltación de los años veinte, al promulgar no solo la duda contra el conocimiento racional y la modernidad sino, además, el apocalipsis al que llevan la tecnología y los adelantos de la humanidad. La ciudad y el progreso se ponen en la mira de ataque. El nadaísmo contradice además los postulados de su tiempo y el imaginario de las vanguardias. En «Treno por los poetas muertos» de Amílcar Osorio, uno de los poemas más extraños y bellos que ha escrito el nadaísmo, el cruce de una fórmula matemática parte en dos el poema, que anuncia el estallido del mundo como producto de la evolución técnica y recuerda la impotencia de los poetas a los que compara con avestruces. El mismo autor organiza dos de sus libros, Servicios y Stanza II, con series de poemas que responden a un mismo título, como si mostraran una producción poética basada en la repetición, como si hubieran sido producidos por una máquina y bajo el estigma de una pulsión única y continua.

Los nadaístas instalan incluso la contradicción como modo de diálogo entre ellos mismos. Parte de las polémicas que tiene el grupo de Cali con el grupo de Medellín pone en escena la posibilidad de contradecir los manifiestos y la palabra del líder como ejemplo de los alcances del movimiento. Esto resulta significativo a la hora de consultar, por ejemplo, los mismos manifiestos, ya que las versiones de Jotamario y Eduardo Escobar no coinciden y varían sustancialmente. El lugar de lo definitivo está vacante, la duda no solo es una estrategia para combatir las premisas del mundo, sino la consecuencia de variaciones y amputaciones textuales.

El nadaísmo se sitúa en una zona cercana a lo extraño, aquello que no puede ser inmediatamente reconocido, y juega también a esconder la identidad y las formas debajo de máscaras. La inauguración de esta estrategia está dada a partir de la presentación de los autores a través del nombre propio. La identidad de Gonzalo Arango se disuelve en el sustantivo común «gonzaloarango», Jaime Jaramillo Escobar se deshumaniza al presentarse como X-504, Mario Arbeláez J. pasa a llamarse Jotamario y Amílcar Osorio cambia su nombre por Amílcar U.

En cuanto a la escritura, la simulación más interesante se da a partir de la combinatoria de géneros literarios y la predilección, soterrada, por la autobiografía en forma de manifiesto, poema, relato, diario o sermón: debajo de cada forma se esconde un retazo de historia, una anécdota real o imaginada, una puesta en escena del yo del autor. Esto mueve a examinar desde este costado al nadaísmo y también el concepto de atípico: a partir de la reafirmación del lugar del artista como individuo no repetible, del sello en el borde que posee toda poética y algunas obras en especial, de la imposibilidad de hablar de atipicidades sin tomar como referencia central a autores y nombres propios.

Lo atípico siempre se da como silencio —por omisión— o como subrayado estridente. Los nadaístas eligen el escándalo, mientras la crítica, aunque se los incluya en manuales y artículos, más bien tiende a silenciarlos. Como para los nadaístas la escritura se vuelve un arma más de provocación, la negación invade la creación artística. Frente a una sociedad utilitaria, se opone la nada; frente a la productividad capitalista, se exalta el séptimo pecado capital, la pereza. Todo lo relacionado con lo institucional resulta sospechoso y abominable, aunque los nadaístas, y en especial Gonzalo Arango, recorren las universidades y publican sus escritos en diarios y revistas de gran circulación.

Los nadaístas desconciertan porque se salen de todo repertorio, de los sistemas fijos y los dogmas. Es por eso que polemizan con sus propias opiniones cuando niegan el genio, pero se presentan como geniales; cuando afirman que el ejercicio poético carece de un fin social, utilitario, pero se valen de la literatura para escandalizar. En el momento en que el nadaísmo comienza a saturar sus propias fórmulas, a repetirse, a volverse previsible, debe dar por concluida su función, cuestión que ya se había anunciado irónicamente en el «Terrible 13 Manifiesto Nadaísta»: «El Nadaísmo no tiene fin, pues si tuviera fin, ya se habría terminado». Para el nadaísmo trazar objetivos, precisarlos, era decretar su muerte.

Esta larga intermitencia que fue el nadaísmo convoca la idea de lo atípico como un desvío, como una interrupción, un hueso duro de roer, un objeto no asimilable que tiene lugar cuando son amenazados la continuidad y el devenir de un sistema y una historia. 

 


NOTAS

[1] Dice Juan Gustavo Cobo-Borda en el volumen Poesía colombiana (Medellín, Universidad de Antioquia, 1987, pp. 199-200): «De perspicacia innegable y de precariedad en la información: repetían, como novedosos, gestos que ya eran viejos a comienzos de siglo». En Historia de la poesía colombiana (Bogotá, Ediciones Casa Silvia, 1991, p. 461), Oscar Collazos se permite dudar sobre la ausencia de explicitación de los modelos del nadaísmo: «Y acaso sin saberlo, o ignorándolo deliberadamente, el Nadaísmo empezaba a formular, en 1958, ideas que habían estado en el centro de otras diatribas vanguardistas, en particular las que se presentan en diversos países de América Latina: ultraísmo, en Argentina; estridentismo, en México; creacionismo, en Chile».

[2] Eduardo Escobar: Manifiestos nadaístas, Bogotá, Arango Editores, 1992, p. 29.

[3] Armando Romero: El nadaísmo colombiano, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1988, p. 45.

[4] Los textos mencionados forman parte de la antología Obra negra de Jotamario, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1974.

[5] Armando Romero: El nadaísmo colombiano o la búsqueda de una vanguardia perdida, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1988, p. 43 y p. 44, respectivamente.

 

Ensayo corregido para este blog; publicado con el título «"Somos geniales, locos y peligrosos": el nadaísmo colombiano», en Atípicos en la literatura latinoamericana (comp. Noé Jitrik), Buenos Aires, Instituto de Literatura Hispanoamericana, Facultad de Filosofía y Letras, Oficina del Ciclo Básico Común, Universidad de Buenos Aires, 1996.

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