Tununa Mercado: Canon de alcoba

 



Algunos narradores contemporáneos ficcionalizaron en sus relatos sobre el proceso de escritura, escépticos ante la posibilidad de representar una realidad que acontece siempre e irremediablemente fuera del texto, y con el afán de comprimir, de alguna manera, el mundo literario dentro de su propio universo convencional. Muchos siguieron apostando a construir historias, y unos pocos las organizaron a partir de la focalización del cuerpo. Otros, más apegados al acontecer social, levantaron una escritura muy cercana al testimonio.

En una posición particularmente descentrada, son minoría los escritores y las escritoras que le han impreso a su producción la marca subjetiva del género, para establecer una polémica con el sistema literario, determinado por la impronta de lo masculino, e incluso con el imaginario social.

Tununa Mercado tuvo la virtud de reunir, resumir y aun superar en Canon de alcoba las poéticas señaladas y de trastocar los lugares cristalizados por el discurso teórico que estableció un paradigma no siempre feliz entre cuerpo y texto, lectura y placer, escritura y goce. Su propuesta plural muy lejos de asfixiarse dentro de una línea determinada— pega un salto más allá de las modas e incluso logra darle una vuelta de tuerca al corpus en el que con comodidad se instala: esa rica zona de la narrativa que se da en nuestro continente a partir de los sesenta y que modifica de modo sui generis el repertorio del género erótico.

Constituido por varios relatos en los que el cuerpo, el lenguaje y la estética se vuelven aliados inseparables, un abanico de miradas, olores, poses, gustos y texturas se desarrolla para edificar otro rostro del saber bendecido por la tradición, sin dejar por otra parte de lado el canon que se ha impuesto con el correr de los años.

El movimiento del libro en su conjunto incorpora una mirada de mujer, y recuerda también aquello que es ya legendario dentro del género erótico: la preponderancia de la genitalidad y el cuerpo femenino como objeto de deseo. Desde el centro del sistema y apropiándose de toda una tradición de escritura, las diversas voces narrativas que se suceden en los relatos desenfocan, a la vez que los incorporan, esos motivos reconocibles, identificadores de este tipo de narrativa.

El lector, así, se encuentra con la reescritura de un canon junto con la fundación de una nueva visión. La transgresión se instala desde dos direcciones: a partir del incremento que se hace al imaginario erótico, y por la integración de textos marcados por acontecimientos histórico-sociales que rompen con la univocidad de la representación del erotismo. De esta forma, se produce la ampliación desde adentro mismo del repertorio literario a la vez que se quiebra su reconocible precisión monológica.

Desde esta poética, basada en la no repetición y la pluralidad, no todo remite al placer sexual. Más bien, varios relatos despliegan una mirada que explota cierto grado de sensualidad. Algunos se dibujan en su brevedad, como viñetas (“Ingleses”, ”Cuadro”, “Vuelo”), y otros, más expandidos, se demoran a través de lentas y detalladas descripciones, como resultado de una percepción gozosa (“Juicio final”, “Pero todavía vibra”).

Queda un espacio —muy recortado a la vez que muy preciso— en el que tiene lugar la evocación de una porción de nuestra historia. “Asamblea” y “El sueño del primer exilio” quiebran el tono del conjunto: en contrapunto, traspasan la escena íntima, personal para remitir a un “nosotros” cargado de historicidad.

El título del libro envía —y sus dos epígrafes lo corroboran— a diversos ejes de sentido: la repetición rítmica de voces, una doxa en lo que se refiere al canon, y la posibilidad de unir en una misma palabra (alcoba) la imagen de aposento y la convocatoria a la tertulia. ¿Prevalece una de estas direcciones? También aquí todo el libro parece apostar a la simultaneidad más que a la exclusión, estableciendo un movimiento escriturario de ruptura: el canon se convoca para dejar de ser imitativo, la alcoba se expande para incluir escenarios públicos, y el silencio de la intimidad deja escuchar los murmullos de la escena social.

Por ser imposible de clasificar, aunque prevalece el cuerpo como escenario y protagonista, este libro no recibió en su momento el premio de la colección La sonrisa vertical que otorga anualmente la editorial Tusquets. Pero, paradójicamente, en espera de su publicación, Canon de alcoba encontró su lector ideal y recibió críticas favorables, la atención de especialistas y lectores fervorosos, así como el reconocimiento de otros escritores que le otorgaron el premio Boris Vian.

Es que este libro tiene la particularidad de presentar una sutil tensión entre la historia como desarrollo y el instante, entre la realidad y el relato, la ficción y la crítica literaria. Por detrás de muchas voces que se dejan oír, que recuerdan tanto los clichés como el tono de otros textos consagrados en la historia de la literatura universal, se particulariza una voz de mujer, una identidad narrativa que impone su impronta.

Esto puede observarse muy bien en “Ver”, que retoma el lugar del voyeur para cruzarlo con el del escucha a través de un juego doble de miradas y voces, de ojos y oídos, ya que son dos protagonistas —un varón y una mujer— quienes asisten diariamente al ritual que ambos han acordado establecer de ventana a ventana, teléfono mediante.

No en vano la apertura es contradiscursiva: el relato “Antieros” es el despliegue de un placer silenciado. El mundo de la cocina, con su cocinera como protagonista, se recalifica y resignifica en la presencia de esencias y alimentos variados. Algunos términos de ese mundo cotidiano (culantro, mangos paraíso, mamey, chayotes, pitayas, camotes) y giros del habla popular ya están señalando esa otra zona marcada por la historia: la escritura que surge del exilio de la autora en la Ciudad de México.

El libro se divide en siete partes, algunas de las cuales se expanden por la sucesión de relatos: “Antieros”, “Espejismos”, “Sueños”, “Realidades”, “Eros”, “Amor udrí”, “Punto final”. “Antieros” y “Eros” dibujan esa mirada, el canon y la transgresión de la que habláramos. Y es el último relato, “Punto final”, el cierre elegido y a través del cual la autora define su poética y estética de escritura, rozando por momentos el tono paródico que anula toda posibilidad de solemnidad: “En este modo o tipo de escritura debe tenerse en cuenta que la tela que se necesita es aproximadamente tres veces más que la que se necesitaría para una labor plana. La inversión, costosa, sobrecarga la labor, pero permite desafiar la íntima, absoluta sencillez de lo acometido”. Este relato remite al bordado, ahora reinterpretado desde la práctica de la escritura. Cocina y costura, dos ámbitos de lo femenino, se resignifican, adquieren calidad como productores, y se presentan como el orillo de la diferencia.

Próximo al tono poético y con la carga de una voz crítica que hace que la escritura dé cuenta de sí misma, Canon de alcoba inaugura una fiesta textual: aquella que invita a recuperar el lenguaje y el cuerpo desde el disfrute mismo de la lectura.

 

Tununa Mercado, Canon de alcoba
Buenos Aires, Ada Korn, 1988. 


Reseña publicada en Cuadernos de Marcha, Tercera época, Año IX, Núm. 91, enero de 1994.



 


 

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